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En definitiva, exprimir lo máximo posible las palabras hasta que la desorientación sea tan grande que sólo sea posible encontrar otro sentido. Con esa idea en mente parece haber confeccionado su Atlas de los cuatro vientos la joven poeta Ana Lema, que ya había publicado un libro llamado Mapas y que, en su propio nombre, parece cargar estas cuestiones: en astronomía, de hecho, el analema (del griego “pedestal de un reloj de sol”) es la curva que describe la posición del Sol en el cielo si todos los días del año se lo observa a la misma hora del día y desde el mismo lugar.

“Amo perderme en las ciudades de otros/ partidas por costumbres y lenguas exilias” dice Lema en el poema “Atlas maltrecho” donde propone una poética del refugio, una búsqueda frenética de los márgenes de aquellos pocos sitios seguros que quedan, precisamente, porque no figuran en el mapa. Y, por supuesto, en estos tiempos los mapas parecen hacer referencia, sobre todo, a Internet y sus voraces buscadores. Ciudades descriptas por sus más mínimos detalles (Salamanca, Madrid, Buenos Aires), y en el centro literario Roma como emblema insoslayable que conduce a todos los caminos de la perdición, transfiguraciones del sentido de la orientación (en lugar de puntos cardinales, por ejemplo, está el punto ordinal del orden de la fila en el colegio) y servicios meteorológicos que no dan abasto a la hora de anticiparse a los constantes movimientos del ánimo se dan cita en este libro anfibio. Porque Atlas de los cuatro vientos consta de una parte que describe y observa y la otra bien verbal que ofrece un conjunto de recomendaciones para no morir, para no extraviarse en el intento de perderse. En todo caso, existe una doble fuerza, una doble valencia en estos poemas de largo aliento que, al igual que las teorías de Einstein (hay de hecho un poema llamado “annus mirabilis”) entrelazan tiempo y espacio, es decir, experiencia y sentido de la orientación.



Atlas de los cuatro vientos
Ana Lema
Segismundo
44 páginas